Trahtemberg: Educación sexual en debate (Opinión)

marzo 6, 2017

 Cuando el hijo o hija de un (a) criminal, borracho, drogadicto, gigoló, prostituta, es señalado, tratado y discriminado como “diferente” en la escuela por lo que hacen sus padres, se afecta al niño por cosas que no dependen de él. Lo mismo si es tratado como “diferente” porque sus padres son famosos, adinerados o requieren becas. En la escuela peruana habitan miles de niños así y no puede ser un espacio que alimente la discriminación o afecte la identidad de los alumnos, sea por cosas que nacen de ellos mismos o por las que se derivan de lo que hacen terceros, particularmente sus padres.

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Cuando un niño es diferenciado o discriminado en la escuela por la forma como sus padres decidieron conformar su hogar, sus convicciones religiosas o por sus propias inclinaciones sexuales o sus condiciones y capacidades físicas o intelectuales, se está afectando su derecho a ser valorado y respetado por su condición humana con sus particularidades, a no ser discriminado y a no ser jerarquizado como inferior o superior a otros.

Eso legalmente está garantizado por la Constitución y se operativiza mediante las normas que producen los ministerios como el de Educación, que debe regular la vida del alumnado diverso estableciendo pautas y estrategias que garanticen que no haya en el currículo y las normas de convivencia escolar ningún elemento que discrimine o excluya a ningún niño en razón de su origen. Lamentablemente, estos derechos quedan limitados por la vida psicológica de los padres o maestros con los que interactúan los niños. En el caso de los padres, porque directamente o a través de sus hijos y sus conductas le transmitirán a algunos niños actitudes y mensajes que señalarán esas diferencias extra-norma: “No te juntes con esa…”; “los padres de ese niño son…”; “mientras no te afecte a ti, no te metas…”; “que lorna que es ese niño…”; etc. 

En el caso de los maestros eso se expresa en sus vínculos con los alumnos mediante los cuales se transmiten sus prejuicios, estereotipos, preferencias y rechazos y todo aquello de su historia personal que ha dejado huella que se expresa en sus relaciones con los demás. Por ejemplo, un profesor homosexual o uno que es homofóbico, diga lo que diga el currículo o material didáctico, le hará sentir a los alumnos lo que él piensa y siente al respecto.

Un profesor que es racista o antisemita o anticlerical o admirador de algunos referentes religiosos o morales; o un profesor que viene de un hogar en el que uno de sus padres o hermanos es lesbiana u homosexual; o una profesora que ha tenido experiencias de  violación o aborto; o un profesor que en su infancia ha sido buleador o buleado; o un profesor que consume drogas, etc., modelarán sus interacciones con los alumnos con esa historia como referente mental. Nadie puede abstraerse de su mundo interno que es el motor de las conductas no solo explícitas, sino, especialmente, las más subjetivas expresadas de modo directo con sus gestos, risas, burlas, ejemplos, exaltaciones, anécdotas, acentos en sus intervenciones, señalamientos de situaciones en clase de lo que debe ser valorado, pasado por alto o censurado.          

Podría extenderme hasta el infinito para mostrar que el maestro es en realidad el currículo, tanto en el tema de la educación sexual como en el de cualquier otra área. Ellos son el currículo, son los traductores de todo aquello que figura escrito en las normas y programas para hacérselo llegar a los alumnos a través de sus actitudes y vínculos con ellos. Pero ellos también se inspiran en la manera como los temas polémicos son tratados en la sociedad y amplificados por los medios de comunicación. A más tolerancia y respeto mutuo, menos tensión para tratar respetuosamente todas las posiciones sin sentir que cualquier cosa que diga implique “meter la pata” o poner en riesgo su trabajo.

Esto se ha visto perturbado por quienes han sostenido que el concepto de “igualdad de géneros” propuesto por el Ministerio de Educación para el currículo de educación sexual atenta contra la buena educación de los hijos. Sostienen que enunciados como  “construye su identidad”, “vive su sexualidad de manera plena y responsable” y “toma conciencia de sí mismo como hombre y mujer” son un contrabando para introducir lo que denominan “ideología de género” que establece que ser hombre o mujer queda definido biológicamente y no social y culturalmente.

Ello implicaría que sus hijos podrían elegir ser travestis, homosexuales o lesbianas, además de ejercer su actividad sexual plenamente, lo cual les parece inaceptable y una intromisión en la visión de educación sexual que quieren inculcar a sus hijos. Quizá olvidan que el bienestar de los niños y jóvenes se afecta si son discriminados sea por la conformación particular de su familia o por su orientación sexual. Si ser homosexual o lesbiana se presenta como “perversión”, no solo se carga de dolor, maltrato y discriminación a los hijos de estos padres o a los alumnos que tienen alguna de esas orientaciones sexuales, sino que se les quita la oportunidad a los otros niños de aprender a respetar a cada persona por lo que es y reconocer e interactuar sanamente con las diferentes personas que va a encontrar en su comunidad. 

Puedo entender las susceptibilidades de padres bien intencionados preocupados por el desarrollo sexual de sus hijos a los que aspiran criar como heterosexuales, pero ¿cómo quisieran que la  comunidad y la escuela traten a su hijo o hija si fuera homosexual, lesbiana o transexual?

Escribe: León Trahtember, educador