Humareda, el artista marginal

marzo 8, 2017

En los años 50 y 60, La Parada era llamado un barrio de bajos fondos habitado por delincuentes, prostitutas, ambulantes y demás ciudadanos de Lima a quienes se les calificaba de “marginales”, aquellos que se encontraban en los márgenes de la sociedad, viviendo en su propio universo.

Por estas calles se paseaba una particular figura: embutido en un viejo y polvoriento abrigo azul, con la corbata mal anudada y el cuello de la camisa arriba, se desplazaba con la ayuda de un bastón. A primera vista era otro habitante de La Parada, un marginal más que se mezclaba entre los otros. Pero en realidad se trataba del célebre y excéntrico pintor Víctor Humareda, el mayor exponente del expresionismo en nuestro país que dedicó toda su vida al arte.

PINTAR PARA VIVIR

 Víctor Humareda nació en 1920 en Lampa, Puno. Desde siempre fue un espíritu creativo; algunas historias dicen que la primera vez que se dio cuenta de que quería dedicarse al arte fue durante un partido de fulbito, donde se olvidó completamente de patear la pelota al quedar encandilado con el sol y su belleza. Su vida fue una búsqueda constante e inacabable de la misma. Tras estudiar solo hasta tercero de secundaria, Humareda viajó a Lima para estu diar dibujo y pintura.

Su talento le permitió entrar a la Escuela Nacional de Bellas Artes, pero por razones económicas –la pobreza lo perseguiría siempre, como una sombra- tuvo que darle mayor importancia a trabajar; se le podía ver en la calle Capón o en el mítico bar El Cordano -lugar predilecto de encuentro para artistas, intelectuales y bohemios- realizando retratos para ganarse algunas monedas. Este talento le valió una beca para estudiar en Argentina en 1950, pero solo estuvo en tierras gauchas dos años, antes de sentir de nuevo el llamado de su tierra natal.

Y es que Humareda era sinónimo con el Perú, el lugar donde el artista, que se consideraba a sí mismo un solitario, se sentía más cómodo. De ahí que su prometedor viaje a Europa en 1966 duró apenas un mes, con rápidas visitas a Barcelona y París, antes de volver a instalarse definitivamente en tierras peruanas para convertirse en un cultor nacional del expresionismo.

Originario de Alemania, este movimiento “modernista” en el mundo del arte logró traspasar fronteras a nivel mundial al no estar sujeto a ningún concepto de la realidad; altamente subjetivo, su meta es distorsionar lo que nos rodea de manera tan exagerada que genera distintos sentimientos o ideas. Tal vez el ejemplo más famoso del modernismo sea El Grito, de Edvard Munch, una torcida mueca que solo logra comunicar el pavor más absoluto y que inspiró todo el movimiento.

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De la misma manera, Víctor Humareda retrató en su trabajo a la fauna urbana marginal de La Parada, buscando la belleza en lugares tradicionalmente “feos” de la ciudad, como Huatica, Tacora o el Cinco y Medio. Aficionado a la bohemia y al ambiente circense –afición adquirida durante su breve paso por tierras gauchas–, el artista pintaba a payasos, arlequines y todos los personajes que observaba en sus correrías

 diarias por las calles de La Parada o desde la habitación 283 del Hotel Lima, donde era un “huésped honorario”; tras rebotar por hostales y hoteles de todo el distrito, Humareda, que siempre tuvo alma de nómade, encontró un hogar permanente entre esas cuatro paredes.

 Bohemio por naturaleza, Humareda retrataba la pobreza, marginalidad, desolación y soledad de todo lo que lo rodeaba como un reflejo de sí mismo; se trataba de una mente brillante aunque turbada que siempre prefirió estar solo. Nunca se casó ni tuvo hijos, y los únicos amoríos que se le conocían eran con las prostitutas de La Parada, a las que solía frecuentar tratando de encontrar en ellas la misma belleza que observó en la rubia de Hollywood, Marilyn Monroe, con quien estaba absolutamente obsesionado.

Su búsqueda de la belleza nunca concluyó; continuó pintando y pasando penurias económicas, pero siempre se mantuvo fiel a su arte y a su particular visión de su entorno. En los años 80 se le extirparon las cuerdas vocales debido a un tumor y perdió el habla, pero nunca se despegó del lienzo. Y a pesar de nunca haber alcanzado

un sitial en el mundo del arte internacional, el Perú supo reconocer el tesoro que tenía entre manos; en 1984, el entonces alcalde Alfonso Barrantes le otorgó la Medalla de la Ciudad. Dos años después, tras pintar La Quinta Heeren de Noche, falleció víctima de una hemorragia nasal, producto de la constante inhalación de óleos. Humareda nunca dejó de pintar y nos dejó mientras hacía lo que más le gustaba.

Hoy en día, un sinfín de exhibiciones han permitido a otros descubrir su talento, gente de otros barrios que el artista tal vez nunca conoció; su obsesión con la belleza, que siempre lo eludió, lo pone en la misma categoría de artistas como

Goya, Rembrandt o Picasso, una categoría nada desdeñable. Víctor Humareda pintaba para expresarse, para dar salida a la soledad que sentía; lo suyo no era para buscar fama y fortuna. Pero el tiempo se ha encargado de darle el sitio que merece cuando se habla de los mejores artistas nacionales.