DETECTIVE DE TI MISMO. LA INTERMINABLE AUTO-AUTOPSIA DE BRYAN SAUNDERS.

junio 26, 2013
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Bryan saunders

 

LA HISTORIA DE LA CHICA QUE PEDÍA QUE LE ROMPIE­RAN LA MANDÍBULA. Cuan­do era joven, Bryan Lewis Saunders vio a esta chica de Virginia del norte: una adolescente obesa que quería desespe­radamente dejar de comer y que bus­caba que unos doctores le cosieran la mandíbula. Escribió en la parte de atrás de un menú del Dunkin Donuts: “DOY US$35 Y PERMISO PARA QUE ME ROMPAN LA MANDÍBULA”. Hubo una fila de muchachos. El último lleva­ba un bate de béisbol.

He aquí uno de los muchos oríge­nes para lo que, años después, Bryan Saunders llamaría su acto de stand up tragedy (“tragedia en stand up”): opues­to al stand up comedy, lo que se busca no es que la audiencia ría sino que llo­re. Saunders ya se ha presentado como performer o poeta en Francia, Inglaterra y España. Y Estados Unidos, desde lue­go. Su acto de stand up tragedy –“hacer que todos lloren da mucho trabajo por­que no es aceptado socialmente llorar en público”– tiene que ver con el dolor y con su aceptación: me cuenta que a los 16 empezó a sentir dolores mons­truosos; estaba comiendo pop corn y de pronto apareció esta sensación en el estómago. Los doctores no podían ayudarlo. “Le he dado un nombre a mi dolor, y lo llamo perro”, me dice ahora, citando a Nietzsche, y afirma que hay que nombrar aquello que uno desea controlar. Bryan llamó a su dolor Daku. “Daku era el lado negativo del dolor y Maku el positivo. Mi filosofía del trau­ma, del hueco y del antihueco, tiene que ver con eso: cuando el espermatozoide rompe el óvulo y hay una explosión, cuando el pene entra en la vagina: eso es Maku. Daku es cuando te apuñalan, te balean, te violan por el culo. Hay gente que hace Maku y gente que hace Daku: suena absurdo decirlo de esa forma, pero es una experiencia espiritual. Y cuando el hueco y el antihueco se unen, abrazas el dolor y ya no lo sientes nunca más. El dolor me interrogaba, ‘¿Quién eres? ¿Qué haces? ¿Por qué duermes? Te estás haciendo todo esto a ti mismo’. Fui al doctor y se molestó, terminó ponien­do cámaras en mi uretra. Estas salas lu­minosas blancas, con seres de mandiles blancos. Días de estrés sin poder dor­mir. Sé de dónde vienen las alucinacio­nes de abducciones extraterrestres…”

Vengo conversando con Bryan Lewis Saunders vía Skype desde hace un tiempo. Es un artista de 44 años –“artista de performance, videógrafo y poeta de performance”, anota Wiki­pedia– cuya manera de hablar me re­cuerda un poco a la de David Lynch: hay algo infantil y quejumbroso en su tono. De pronto Bryan hace una ob­servación: nadie dice “¡DE PRONTO MIS RIÑONES SE SIENTEN FABU­LOSOS!”. El cuerpo no sabe dar sen­saciones positivas espontáneamente, dice. Solamente el dolor es espontáneo. Afirma que ha escrito un ensayo sobre la hipocondría. Es probable que el lec­tor haya visto alguna vez su trabajo, o al menos una parte, porque de cuando en cuando los “autorretratos en dro­gas” de Bryan se hacen virales en inter­net. Pintó la mayoría hace doce años, pero siguen apareciendo como nove­dad: cada día Bryan probaba una dro­ga nueva y se pintaba a sí mismo bajo su influencia. Empezó a hacer esto en el 2001. El gran tema en su obra, como iremos viendo, es el yo. Sus autorretra­tos en Ambien (hipnótico) y Crystal Meth (psicotrópico) son, creo yo, no­tables. “Primero los tuve en Myspace, luego los rebotó Dangerous Minds, y cuando aparecieron en Reddit se con­virtieron en una gran cosa. Un año después volvieron a hacerse popula­res allí. Cada año se hacen virales: la última vez di entrevistas a todos los medios que me lo pedían para que la gente se cansara, pero la cosa no tenía fin”, se queja. Afirma que le llega al pincho hablar de drogas. “Muchos me dicen que solo harán una pregunta so­bre drogas, pero luego borran todo lo que dije y hacen ver la entrevista como si estuviera hablando únicamente de drogas. No quiero decir nada sobre drogas”, me ha escrito en uno de los va­rios e-mails que hemos intercambiado. Está molesto con los medios. Dice, y le creo, que quieren convertirlo en un cli­ché. “La Minnesota Public Radio solo quería hablar de cómo estoy loco, en cuántos hospitales he estado, qué me­dicamentos tomo. Tuve que colgarles. Cada medio tiene su agenda”, dice. “Y el Huffington Post miente. Cambiaron las cosas que dije”, dice.

“¿Como qué cosas?”, pregunto.

“Que las sales de baño no eran algo malvado: yo nunca dije eso. Y el tipo que me entrevistó me preguntó si yo también quise comerle la cara a alguien. Pero si investigas, la au­topsia revela que las personas que le comieron la cara a otras personas en verdad tenían psicosis por cannabis. Habían fumado demasiada yerba”.

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Paréntesis. La búsqueda en Google de los términos sales+de+baño arroja noticias del corte SALES DE BAÑO: LA NUEVA DROGA QUE LOS CON­VIERTE EN CANÍBALES… En Mia­mi, un tipo en estado de alucinación se encontró con un mendigo, etcétera. Cerramos paréntesis. “Pero el tipo del Huffington Post se molestó conmigo. ‘Yo fumo yerba todo el día y nunca he querido comerle la cara a nadie’, me dijo, y yo le dije ‘pues tienes suerte’. In­cluso Ron Jonson, de The Guardian, a quien todos aman. Le dije: ‘No digas en qué ciudad vivo ni cuál es mi edificio, no quiero a locos por acá, que estoy re­cibiendo amenazas de muerte’. Y leo el artículo y lo primero que menciona es mi nombre y el lugar donde vivo. Y lue­go me llama a preguntarme ‘¿Amas el artículo? ¿Amas el artículo?’. Creo que el huevón se perdió en su propia cele­bridad, pudieron haberme desalojado del edificio por creer que sigo haciendo eso de las drogas”.

No sigue haciéndolo, dice. Entre otras cosas, porque sospecha que el ex­perimento le dejó algún daño: una en­trevista en su web lo muestra diciendo “Primero mi frente empezó a crecer, luego mi cara se aplanaba. Para cuando llegué al Robitussin (dos botellas) me veía como si hubiera empezado a coger algo parecido al síndrome de Down”.

De cualquier modo la fama en in­ternet le ha servido: hasta hace poco 50 autorretratos suyos estuvieron ex­hibiéndose en la Maison Rouge de París. “BAJO INFLUENCIAS: AR­TISTAS VISUALES Y PSICOTRÓPI­COS”, es el nombre de la exposición que reunió a más de 80 artistas, entre vivos y muertos. Damien Hirst, An­tonin Artaud, Basquiat, Cocteau, Al­berto Garcia-Alix, Nan Goldin, Henri Michaux, Larry Clark. Le pregunto si ya ha pintado su autorretrato de hoy y me dice que no. Aunque ha pensa­do que le gustaría retratarse luego de tomar Red Bull (Bryan ha probado cocaína, hashís, dimetiltriptamina, jarabe para la tos, spray para limpiar computadoras, pero no ha probado aún Red Bull). Por alguna razón su imagen en mi monitor aparece gui­llotinada: nos separan más de 5,000 kilómetros. Todos los días pinta un autorretrato: le pregunto cuántos lleva hechos hasta el momento y me dice que espere un rato. Revisa en un estante, bastante cerca de su compu­tadora. Sus autorretratos de 21 x 29 cms. corresponden a las páginas de una enorme ruma de libros para di­bujar. Me dice que debe andar por los 8,900 autorretratos. En su web –donde se lee “pongo el mundo en re­presentaciones de mí mismo porque lo encuentro más fiel a mi sistema nervioso central”– hay una pequeña selección, ordenada temáticamente. Hay una serie “naturaleza”, una serie “amor”, una serie “mes amarillo”, una serie “ansiedad”, una serie “dolor”. Y la serie “drogas”.

–¿Cómo empezó esto?

–En las clases de arte siempre te pe­dían que encontraras tu propia voz. Que cada imagen diga “esto lo hice yo”. Creo que eso está mal. Hay siete mil millones de maneras distintas de ver el mundo. Recuerdo que fue el 30 marzo de 1995, en una clase, cuando me pidieron que pintara la misma cosa nueve veces. Me pinté nueve veces a mí mismo y enton­ces lo decidí: “Voy a hacer esto todos los días, hasta que me muera”. Nada puede ser pintado de la misma manera dos veces. El 50% del tiempo uso el au­torretrato para purgar sentimientos de estrés y frustración. También exploro sentimientos positivos.

–¿Qué va a pasar con los autorretra­tos cuando te mueras?

–No sé. Le dije a mi novia que los venda para que pueda comprarse una granja en Israel. Ella dice que mi obra pertenece a un museo, pero los mu­seos no muestran interés en lo que hago. Tienes que tener amigos. La gente me dice que tengo que escanear mis autorretratos y digitalizarlos, pero uso muchos colores neón, y no queda bien. Muchas veces lo he hecho a propósito así, para que no puedan reproducirse. No sé por qué.

 –¿Y qué pasa si se incendia tu edifi­cio?

–Vivo cerca de la salida de emergen­cia y hay un buen sistema de extinción de incendios. Mi trabajo está al costado de la escalera y siempre puedo arrojarlo por la ventana.

–¿Crees que te conoces mejor ahora luego de ocho mil autorretratos?

–Definitivamente. Puedo hacer un autorretrato y… he desarrollado una especie de sexto sentido. Viendo cómo me he pintado en dos dimensiones, si he usado mucho naranja neón o me he dibujado colmillos o algo así me digo “wow, mejor no salgo esta noche”. Por­que voy a meterme en una pelea. Así ha sido en el pasado.

–¿Ves tus propios autorretratos?

–No mucho. Luego del autorretrato seis mil, o algo así, empezó a costarme recordar en qué libro está cada uno. Es demasiada información.

–Es un diario, ¿no?

–En cierta forma. Si alguien revi­sara mis libros no sabría qué estaba haciendo yo tal día, pero toda mi obra documenta el hecho de que fui un ser humano. Aunque no sé si una sola per­sona pueda ver la totalidad de mi obra alguna vez.

–Me gusta mucho tu serie “amor”. Pienso que tu autorretrato con el oso de felpa es hermoso.

 –Puse pintura roja en mis dedos y dejé un espacio al centro para que que­daran marcas, como de besos.

–Tiene una especie de sinceridad.

–Alguien quería comprar todos mis autorretratos enamorado, pero yo no quise, porque de esa forma estaría sacan­do el amor de mi vida. La gente cree que puede comprar cualquier cosa. Los úni­cos autorretratos que vendería son aque­llos en drogas, y debería ser tanto dinero que nunca más tenga que trabajar.

–Es una relación amor-odio.

–Me he sentido tentado a retirar­las de la web, pero no voy a dejar que los demás determinen qué muestro y qué no.

–Corres el riesgo de que esos auto­rretratos terminen convirtiéndose en un gimmick, un meme de internet.

–Definitivamente. La gente mira los autorretratos en dos segundos y avanza. La otra parte de mi trabajo debe ser más pensada.

 

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La otra parte de su trabajo tiene que ver, también, con el experimento. Como sucede con los niños, debe ser una de sus palabras favoritas: hay en el artista Bryan Saunders –porque no me cabe duda alguna de que Bryan es un artista– la necesidad obsesiva de entrar cada vez más en sí mismo, y yo me pregunto qué clase de conocimiento intraducible en palabras –y, probablemente, imposible de ser comunicado de ninguna forma– está obteniendo él de todo esto. Me dice que su próximo experimento tiene que ver con la tortura. Quiere pintar bajo la influencia de la tortura. Quiere probar el submarino, los golpes, la electricidad en los genitales. Dice que son cosas que los gobiernos de Estados Unidos y Siria le hacen a sus prisioneros. En el 2011 se mantuvo 28 días con los oídos comple­tamente sellados y un embudo pegado al rostro, para escuchar por la boca. Está por sacar un boxset con casetes conte­niendo el dictado que ha ido haciéndo­le a una grabadora mientras duerme. Una vez, hace veinte años, fue modelo para un estudiante de fotografía y se cosió la boca. También quiso hacer ar­der en fuego su pene (“Quise hacer una obra de arte llamada Cosiendo la boca, incendiando el pene, y tener a todos mis amigos con videocámaras, polaroids, 35mm… todos tomando imágenes de mi pene en llamas pero nunca lo hice porque no encontré una manera segu­ra de hacerlo”). Lo del stand up tragedy aparecería luego, y en alguna entrevista ha dicho que expresarse oralmente es algo que trae de la cárcel, donde estuvo ocho meses por apuñalar a una perso­na. Y he aquí una historia cuyo trasfon­do –cuyo contenido emocional, que yo intuyo profundo– el lector sabrá juzgar.

“Vivía en el tráiler de mi tía en Vir­ginia y me dije ‘si aprendo chino podría ir a China, a una ciudad de millones, sin extranjeros ni blancos’. Sería comedian­te de stand up y podría contar chistes de estadounidenses o sobre Bush, y la gente se reiría. Quería tener mi serie. Luego haría películas y sería una superestrella del cine chino. Fui a China y todos me entendían pero yo no entendía a nadie, porque no me había entrenado para ello, y luego de un par de semanas empecé a entender algo y pregunté dónde estaban los clubs de stand up comedy y no había ninguno. Nadie hacía stand up. Entonces me dije que haría tragedia en stand up”.

Cuando le han preguntado a qué movimientos artísticos se siente cer­cano –nombres como Fluxus o Dadá pueden aparecer en la mente– dice que a ninguno. No ve mucho absurdo o hu­mor en su trabajo. Dice que prefiere ser considerado un artista conceptual, cuya obra “es un gran totem inanimado para nuestra cultura narcisista, aun cuando el 80% de ella exprese desprecio propio” (dicta su web). El videoartista David Larcher ha llamado al cuerpo de trabajo de Bryan LA INTERMINABLE AUTO-AUTOPSIA DE RECONSTRUCCIÓN.

También ha publicado libros de poe­mas. En Suecia se publicó su “Auténti­cos menús de comedores populares”. Hay muchos de ellos en Johnson City, Tennessee. Bryan iba a comer a estos kitchen menus todos los días, anotando la comida que se servía allí y las cosas que decía la gente en la mesa. Poesía conceptual. Hay un poema que le gusta y que dice algo así como

Salsa de fideos sobre panecillo
Gaseosa genérica sabor cola
Quequito con bandera estadounidense
Tenía una novia igual a Angie Dickin­son pero con pelo castaño y podía correr­me solo con verla echada a mi lado

(CONTINUARÁ EN VELAVERDE 18).