DETECTIVE DE TI MISMO. LA INTERMINABLE AUTO-AUTOPSIA DE BRYAN SAUNDERS.

julio 3, 2013
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Detective

DICE QUE EL AÑO PASADO ENCONTRÓ 750 FOTOGRA­FÍAS EN LA BASURA Y QUE PENSÓ EN FORMAS DE HACER ARTE CON ELLAS. Ya tenía un nom­bre para la exhibición: “La gente que encontré en la basura”. Habría varias secciones: una de ellas comprendería 38 imágenes desechadas por algún con­sultorio de podología de Johnson City, Tennessee, mostrando pies enfermos o deformes: las fotos formarían un cru­cifijo y esa sección se llamaría Totem totem. Pero la galería no quiso. Dice que se considera un found photographer (“fotógrafo de fotos encontradas”) y yo veo que en su Facebook hay un álbum llamado “Carros y playas que encontré en la basura” y otro álbum llamado “La familia que encontré en la basura” y otro álbum llamado “La Karen que en­contré en la basura”.

ESCRIBE: CÉSAR BEDÓN

DICE QUE EL AÑO PASADO ENCONTRÓ 750 FOTOGRA­FÍAS EN LA BASURA Y QUE PENSÓ EN FORMAS DE HACER ARTE CON ELLAS. Ya tenía un nom­bre para la exhibición: “La gente que encontré en la basura”. Habría varias secciones: una de ellas comprendería 38 imágenes desechadas por algún con­sultorio de podología de Johnson City, Tennessee, mostrando pies enfermos o deformes: las fotos formarían un cru­cifijo y esa sección se llamaría Totem totem. Pero la galería no quiso. Dice que se considera un found photographer (“fotógrafo de fotos encontradas”) y yo veo que en su Facebook hay un álbum llamado “Carros y playas que encontré en la basura” y otro álbum llamado “La familia que encontré en la basura” y otro álbum llamado “La Karen que en­contré en la basura”.

 –Tratas de hacer cosas nuevas siempre, ¿verdad?

 –Sí… Es una contradicción, por­que no voy a ninguna parte. Quizás a la bodega o a un concierto. Al mismo tiempo, quiero experimentar todo lo que pueda antes de morir.

La exposición que inaugurará fi­nalmente este 4 de julio en la Mika Gallery de Israel no se llama “La gen­te que encontré en la basura” sino MUTACIONES DE GREGOR MEN­DEL. Es un grupo de 38 dibujos, re­mezclados hasta la abstracción, en torno al descubridor de las reglas básicas de la genética. Es raro encon­trar en la obra de Bryan Lewis Saun­ders la figura de alguien que no sea él mismo… Antes de esta exposición y antes de la manoseada celebridad en internet, Bryan se interesó muchísi­mo en el fenómeno auditivo: de he­cho, cuando lo contacté inicialmente por e-mail me escribió

Cultura

¿Vas a hacerme preguntas sobre mi arte o solamente sobre mi arte en dro­gas?

 He dado muchas entrevistas sobre drogas (han pasado 12 años).

 He hecho otras cosas mucho más in­teresantes.

Por ejemplo: “El experimento del ter­cer oído”.

La idea de un “tercer ojo” o Ajna es parte importante del hinduismo y va­rias otras doctrinas, pero yo no había escuchado antes de un “tercer oído”. Entre el 25 de octubre y el 21 de no­viembre del 2011 Bryan llevó a cabo, en sus palabras, “un intento de conec­tar mis trompas de Eustaquio con mi  glándula pineal, redireccionando fí­sicamente la manera como el sonido ingresa en mi cuerpo”. Lo hizo solo, sin supervisión. Dice que su novia se enojó con él y que no quiso ser vista a su lado durante el tiempo que duró el experimento: revisando las fotos de la experiencia uno puede, asumo, en­tenderla. “Pero uno debe hacer lo que uno debe hacer”, dice Bryan desde la ventana de Skype. Las instrucciones para replicar el experimento del “ter­cer oído”, tal como lo indica su web, son las siguientes: 1) Insertar tapones de cera en los oídos 2) Untar vaseli­na en el interior 3) Introducir suave­mente bolas de algodón en los oídos 4) Envolver las orejas en cinta adhe­siva, sellando el interior 5) Colocar audífonos de aislamiento 6) Encajar embudo de cobre en la boca.

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Porque la idea –y es una idea fascinante– es averiguar qué sucede cuando el soni­do ingresa al cuerpo exclusivamente a través de la boca. El tercer oído, dicta la web de Bryan, sería una puerta que conduce al despertar interior y a regio­nes más profundas de conciencia entre el yo y el mundo. Durante 28 días Bryan buscó una clase específica de silencio. Durmió de costado para no ahogarse con su propia saliva. Comió solamen­te cosas suaves (gelatina, puré, maca­rrones), porque mascar le resultaba insoportable: era como si un edificio cayera encima de él, dice. Y atravesó cuatro etapas de alucinaciones auditi­vas. La última se quedó con él cuatro  meses luego de que el experimento concluyera.

 –Me daba miedo. ¿Qué pasaba si me quedaba así el resto de mi vida? –pregunta, encendiendo un nuevo cigarrillo: hay un álbum entero en su Facebook conteniendo autorretratos que denominaremos, a falta de otra palabra, radiológicos: en ellos Bryan muestra sus órganos internos, fuma, dibuja la palabra “enfisema”. –Un tipo me dijo que hubo una persona a la que le sucedió algo parecido: dañó sus oídos en un concierto y escuchaba esta sinfonía de tonos en su cabeza y no hubo doctor que pudiera curarlo y se mató… En la primera etapa oía este sonido como de tetera hirviendo, en la segunda oía una sonaja de bebé. En la tercera etapa comencé a escuchar la suma de todas estas frecuencias tan altas: ¡fue completamente enloque­cedor! Luego hubo un feriado. Re­cuerdo que todo estaba en silencio. Tenía grabadas algunas frecuencias de sonido en la computadora y le di “play” a una frecuencia de unos 2,000 ciclos… Y cuando terminó… mis oí­dos repitieron esa misma frecuencia, una y otra vez. Di “play” nuevamente y mis oídos, en respuesta, crearon otra frecuencia. Entonces entendí que ellos estaban reaccionando al sonido que ingresaba por el embudo de cobre en mi boca. Traté de quedarme perfecta­mente quieto y entonces apareció la cuarta etapa y comencé a alucinar… Escuchaba el sonido de la arteria de­trás de mi oído, bombeando sangre. Me eché en el colchón y dejé que las alucinaciones sucedieran. Eso fue en los últimos diez días.

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  –Hay neuronas en los intestinos –le digo a Bryan, y una búsqueda rá­pida en Google mientras escribo esta nota que trata de serle fiel a las conversaciones que hemos tenido señala que existen, también, neuronas en los oídos y probablemente en todas las partes del cuerpo–. Tiene lógica lo que dices –digo.

 –Los órganos tienen memoria e imaginación propia. No es algo psi­cológico. Podría haber empezado una religión new age basada en esto, pero sabía que estaba alucinando. No lo lle­vé al terreno metafísico. Se escuchaba muy real y me asustaba, pero sabía que no era real.

 –Uno siempre sabe cuándo es alu­cinación, ¿verdad?

 –Sí. Aunque hay gente que puede darle mucha importancia a las voces que le dicen que haga algo. Yo escucha­ba cinco voces, pero no me daban ins­trucciones. No me molestaba. Cada vez que pasaba a una nueva etapa me pre­guntaba si podría vivir así por siempre. “Sí, puedo adaptarme”, me decía. “Si me quedo escuchando esta orquesta de tonos puedo aprender a escribir músi­ca basada en tonos”. Y cuando salía a la calle la gente era muy amable conmi­go. Pensaban que tenía un cáncer raro o algún daño cerebral. Hice una tarjeta que dice ESTO ES ARTE PUEDO ES­CUCHARTE CON LA BOCA y otra que dice NO DISPAREN SOY SORDO. Porque la policía puede pensar que eres un loco y te dispara.

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 Es evidente que Bryan Saunders es un artista excéntrico. Es evidente, también, que desea experimentar con él mismo y ser contemplado duran­te el proceso. Ha sido diagnosticado como antisocial, borderline, esquizo­típico, esquizofrénico paranoide. “Me han dicho todo lo que puedas imagi­nar, pero eso habla más acerca de los psiquiatras que de mí”. Afirma que no desea ser etiquetado, y que la psi­quiatría de hoy es un negocio y que las farmacéuticas prueban sus nuevas drogas en la gente pobre, sin conocer los efectos reales a largo plazo. Dice que una vez le recetaron Zyprexa y su­bió mucho de peso, así que dejó de to­marla. Luego de un par de años vio un comercial en TV que decía “si alguna vez has tomado Zyprexa llama a este número porque hay dinero para ti”. Bryan habla abiertamente sobre estas cosas. Su producción en audio –prin­cipalmente, monólogos musicaliza­dos en clave noise o drone por bandas amigas y algunas de sus presentacio­nes de stand up tragedyes distribuida en Estados Unidos, en buena parte, en formato casete.

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Dice que los casetes están volviendo a ponerse de moda. Aunque en el 2008 editó un CD lla­mado Busting open (“Pecho abriéndo­se” o algo así): el CD llevó ese título  porque Bryan vive en un edificio, afirma, lleno de personas obesas. Tan obesas que les resulta imposible salir de sus departamentos. “Cuan­do mueren debido a su obesidad, el cuerpo se abre como en un estallido y los bomberos deben venir con una sierra eléctrica y quitar una pierna o algo así para sacarlos”, dice, en una entrevista publicada en su web. Su página web está llena de entrevistas.

 Dentro de poco va a poner a la venta veinte boxsets algo inusuales: se trata de maletines conteniendo ca­setes con sus sueños grabados. Dice que es uno de los trabajos más pode­rosos que ha hecho nunca. Hace un tiempo, me cuenta, decidió entrenar­se a sí mismo –“como Pavlov con los perros”– para hablar dormido y na­rrar lo que ve mientras sueña. Dor­mía con una grabadora encendida. Dice que todo empezó porque quería llevar un diario de sueños. Hay algo en esos audios que encuentro emba­razoso: en algunos se escucha a un tipo, que asumimos está soñando, atrapado ocasionalmente en estados de enorme angustia: el tipo murmu­ra –gime– frases con alguna hilación y respira. Por alguna razón, pienso que es una manera de estar desnudo en casete.

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 –Creo que es lo más cerca que los humanos estarán de capturar la expe­riencia del sueño. Pero la gente escu­cha mi voz y cree que estoy despierto o drogado: son tres horas de sueño mu­sicalizadas y reducidas a 20 minutos. Cuando uno duerme crea silencios. James Joyce y otros escritores desarro­llaron la “Corriente de conciencia” o monólogo interior: yo llamo a lo mío “Corriente de inconciencia”.

Se aleja de la computadora un momento y puedo ver su figura em­pequeñeciendo hasta llegar al fondo de un pasillo. Saca un maletín de lo alto de un clóset.

 –El boxset va a tener 24 casetes, que son 24 capítulos, y se va a llamar El confesor me dice, abriendo el ma­letín y mostrándolo a la webcam–. La historia termina siendo la de una per­sona, yo, que trabaja para un aboga­do pero luego se mete en problemas. Cada maletín contendrá los casetes, y voy a conseguir un walkman para cada maletín. Voy a hacer un libro y voy a hacer que la cubierta de cada libro coincida con la del maletín. Y voy a incluir postales de los años 30, 40, 50, mostrando este edificio don­de vivo, porque en otra época era un hotel. Y verás señalada la ventana de mi cuarto…

 –¿Sueñas en blanco y negro o a co­lor? –le pregunto, y por alguna razón siento que estoy en el borde mismo de algo.

–Quizás a color. Una vez tuve este sueño con un lince. Se trata de un sueño casi mitológico… El receptor tendría que acostarse escuchando el casete del lince en repeat, para que de esa manera el lince entrara en su sue­ño. La obra de arte sería eso. Y sería la primera vez en la historia de la hu­manidad que habría transferencia de sueños. Pero todos a quienes he pre­guntado me han dicho que están de­masiado aterrados para intentarlo.

 –Podrías probar lo mismo con sue­ños menos tétricos –le digo.

 –No hay nada que pueda hacer. Mis sueños son perturbadores y no puedo censurarlos. Todo esto es algo que no se entiende ahora. La gente redescu­brirá estos maletines luego de que yo haya muerto y entonces dirá: este tipo escribió una novela estando dormido…

 Temperatura en Johnson City, Ten­nessee: 23º C. Nada es verdad, todo está permitido.