“CUANDO ASALTABA ME CREÍA DIOS”

abril 30, 2014

DJANGO

El más feroz y famoso asaltante de bancos de todos los tiempos ahora cría un gato. ¿Qué pasó en la vida de ‘Django’ para que cambiara las armas y las drogas por un camino de paz?

ESCRIBE: PATRICK LLAMO FOTO: TATIANA GUERRERO

Oswaldo Gonzales Mo­rales ha recuperado su nombre. Por más de cuarenta y ocho años fue ‘Django’. Ese fue, quizá, uno de sus primeros robos: arrebatarse un sobrenombre para el mundo del hampa. Le decían ‘Djan­go’, como el famoso pistolero de la pe­lícula. En verdad, era parecido al del cine, solo que más bravo. La realidad superaba la ficción. El ‘Django’ del Perú asaltaba bancos como si se tra­tara de ir a comprar pan una mañana de verano. Ha perdido la cuenta de to­dos los asaltos a mano armada que ha cometido. Algunos diarios de la época le atribuyen más de doscientos bancos asaltados y ni una sola muerte. Otros medios, simplemente, lo calificaban como “el terror, el hombre más peli­groso del país”.

Su biografía delincuencial es, since­ramente, impresionante. Ha habitado en casi todos los penales de máxima seguridad que hay en la ciudad capital y en las diversas provincias del país. No hay delincuente que no lo reco­nozca. Su época de mayor ferocidad fue en los años 80. Estaba joven. Es­taba, también, ferozmente malvado. Tuvo la suficiente sangre fría para escaparse de la prisión de El Sexto. Pero tuvo la sangre aún más hela­da para, años después, escaparse del penal de Lurigancho. Aquella vez planeó la fuga durante tres meses antes de dar el golpe. Los más malditos del penal se juntaron –armas en mano– para secuestrar rehenes, entre los que se encontraban civiles y miembros de la Guardia Republicana. Negociaron con las máximas autoridades del país y fugaron en un camión de bomberos. La huida fue tan espectacular que, incluso, fue trasmitida por los medios de comu­nicación de la época. La prensa bautizó el hecho como ‘Los doce del patíbulo’, en alusión a una película que hablaba de una espectacular fuga.

La fama. La mala fama, para ser más claros, había secuestrado el es­píritu de Oswaldo Gonzales Mora­les. ‘Django’ era ‘Django’ y no había nadie, absolutamente nadie, que pu­diera hacerlo recapacitar. Ni siquiera su adorada esposa, la madre de sus tres hijos. Nada cambiaba a la fiera. A esa fiera salvaje a la que encerraban solo por temporadas. Esa misma fiera que, cuando estaba suelta, se armaba con dos pistolas y una metralleta y, en cues­tión de minutos, vaciaba la caja fuerte de un banco, desvalijaba la caja regis­tradora de una farmacia, asaltaba un negocio. Era el más malo. Y lo peor era que lo sabía. Y le gustaba. Le fascinaba ser el más malo. El peor. El terror.

PASIÓN Y MUERTE

Así como logró amasar una cuantio­sa fortuna en dinero –todo absoluta­mente ilegal–, ‘Django’ también ha logrado amasar una buena cantidad de malos recuerdos. Ha sufrido cán­cer y tuberculosis. Incluso, septicemia. Estaba podrido no solo de alma, sino de cuerpo. Pero el cielo, o el infier­no, aún no lo querían. Una de tantas, cuando ya era el enemigo público nú­mero uno de la Policía, fue capturado por enésima vez. Solo que ese día ha­bía una orden: internarlo en un penal de provincia. Eso no le asustaba. Ya antes se había paseado por varias su­cursales del hampa fuera de Lima. Lo que le preocupaba –o, mejor dicho, le aterraba– era la noticia que había lle­gado hasta sus oídos: había una orden de matarlo antes de llegar al penal. En la carceleta del Poder Judicial, a la es­pera de su traslado, tuvo la oscura idea de quemarse vivo. Se cubrió los bra­zos, las piernas, el pecho y la espalda con periódicos y se los recubrió con plástico. Envolvió su trasero y sus par­tes íntimas con una sábana mojada y, acto seguido, se hizo humo. Parecía un macabro acto de magia o una manera poco digna de morir. Porque sí quiso morir. Prefería quitarse la vida él mis­mo antes que morir de a pocos, y a pa­los, en manos de la Policía.

DJANGO 1

Su primer ingreso a un penal fue en el temible Frontón. Según cuenta, logró robar diecinueve bancos en una semana. Un impresionante récord delictivo.
FOTOS: MARITA SAMANEZ

Esa era su filosofía. La filosofía del maldito. Por eso se creía Dios. El Dios del hampa. El Dios del máximo terror. Dice que los policías le temblaban. Y ha de haber sido verdad. Basta ver los recortes periodísticos de la época para imaginar su endiablado ser. Verlo ar­mado con dos pistolas, incluso hasta con una metralleta, ha de haber sido aterrador. Por eso la Policía lo odiaba. Y él se agigantaba con ese odio. Cada cierto tiempo se iba hasta el norte de la ciudad para encomendarse con los brujos. Se hacía “limpias”, hechizos. Le rezaba a la Virgen de la Concepción y al Señor de los Milagros. Les implora­ba que, por favorcito, nunca lo chapa­ran. Que la Policía tuviera mala punte­ría. Que alguien allá arriba le allanara el camino para poder robar en paz. Total, podía rezarle a quien quería, siempre lo escuchaban. Él era ‘Django’, el asaltante más peligros y bravo del país. El terror de los terrores.

LA RESURECCIÓN

Ahora, a cerca de quince años de su último asalto, Oswaldo Gonzales Morales ya no es ‘Django’. Ahora es ‘Ex-Django’. Se ha convertido en un exterminador. Pero tranquilos, lo suyo no es atentar contra los seres huma­nos. Trabaja en la Municipalidad de Ventanilla, en el área de Fumigación. El alcalde Omar Marcos le ha tirado el último salvavidas de su vida. Está agradecido. Pero uno se pregunta qué pasó para que este hombre que sem­bró el terror durante varias décadas haya cambiado. Dice que el único que pudo cambiarlo fue Dios. El mismo Dios al que toda la vida rechazó.

DJANGO 2

Ahora está arrepentido. Dice que la señal del Señor le llegó en clave. Un día entró al baño y cayeron, del techo, varias gotas de sangre al inodoro. Se asustó. La sangre no provenía de él. Ese día deci dió cambiar. Entregarse a la fe, la misma que le había sido esquiva durante toda su época de malhechor. Hoy sonríe con la tranquilidad de saberse un hombre derecho. Ya no asalta, ya no roba, ya no delinque. Su esposa, doña Merce­des Mezones, sigue a su lado. Ella es la culpable, en buena parte, de su cambio. Oswaldo Gonzales Morales tiene una nueva vida. Tres hijos con profesión que ahora llevan con orgullo el apellido y el presente de su padre. Oswaldo tie­ne también un gato, al que ha bautizado como Rufus. Es su engreído.

Si alguien lo ve por la calle, cargan­do su inseparable Biblia, jamás imagi­naría qué hay en su pasado. Una vez le dijo al periodista César Hildebrandt que su vida había sido “un absoluto desperdicio”. Hoy la vida que ha em­pezado está cargada de tareas, muchas de las cuales está cumpliendo a paso lento. Su misión es llevar el mensaje de fe a los antiguos, actuales y futu­ros delincuentes del país. Una tarea difícil, pero no imposible. Es, acaso, una lección que nos tiene guardada el destino. Y ahí va ‘Django’, caminando por ese sendero oscuro y marginal, en busca de una luz. Su luz.